La Independencia de Guinea Ecuatorial

España pudo haber programado, a pesar de las presiones de la ONU y EEUU, una independencia progresiva y por fases, por el sentido del deber hacia los guineanos y su diversidad, con quienes había adquirido dos siglos antes un compromiso moral de tutela.

En Guinea se podía y debía:

  • Haber continuado potenciando unos cuadros profesionales y técnicos de guineanos, formados en España en todas las disciplinas profesionales.
  • Haber dotado a Guinea de una “Constitución”, bien adaptada a su cultura y diversidad étnica.
  • Haber potenciado la creación de unas fuerzas de seguridad tuteladas temporalmente y conjuntas de transición.
  • Haber creado una infraestructura bancaria y una paridad de moneda seria, puesta en práctica gradualmente, operativa y avalada por la Peseta española.
  • Haber potenciado un mercado para y con los guineanos.
  • Haber diseñado un marco jurídico en el cual, el derecho a la propiedad entre otros muchos, de los guineanos blancos y negros, hubiera quedado salvaguardado.
  • Haber informado con suficiente antelación y claridad a la población de todos los colores, de las fases y procesos previstos con la suficiente antelación en tiempo y forma.
  • Haber continuado potenciando una clase política autóctona, con una entrega de responsabilidades gradual y progresiva.
  • Haber dado a esa clase política, la opción real del conocimiento de los foros internacionales, proporcionándoles experiencia y conocimiento del planeta.
  • Haber considerado los derechos de la población blanca, al mismo nivel que cualquier otra del territorio, por derecho propio.

Los improvisados preparativos de la independencia

Finalmente España “se obliga” a decidir la concesión a Guinea de la independencia el día 12 de Octubre de 1968. Esa decisión se fragua en el lapso de tiempo que va desde octubre de 1967 a junio de 1968; y para ello se convoca la Conferencia Constitucional sobre la independencia guineana. Hubo muchas rencillas internas en el gobierno de Franco para tomar esa decisión y había dos posturas: por un lado la de Carrero Blanco, que proponía una independencia progresiva, contemplando tanto la posibilidad de una independencia separada del continente y la isla de Fernando Poo, como la de una permanencia estable de vínculos comerciales. Por otro lado la de Fernando Maria Castiella, que apoyaba la independencia inmediata y conjunta de la isla y el continente.

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Comienza en Madrid la Conferencia Constitucional el 30 de octubre de 1967, para diseñar la estructura política de la futura nación Guineana.  Por si las rencillas y divisiones en el gobierno de Franco no fueran suficientes, la Conferencia Constitucional se convierte en un caos, como era de esperar: De un lado, los novatos, escasos y extremadamente inexpertos políticos guineanos, a los que les venía grande semejante reunión y que al menos esperaban escuchar a gentes que conocieran mínimamente las costumbres e idiosincrasia guineanas; de otro los políticos españoles, con un gobierno a sus espaldas dividido, vigilante y censor; de otro al fin, personajes que vieron en este proceso una oportunidad para demostrar su oposición intelectual al régimen de Franco. Este es el caso del Sr. A. G. Trevijano, que sin haber puesto un pie en Guinea en su vida, asume el derecho de redactar para ella nada menos que una constitución.

Los guineanos autóctonos se organizan social y antropológicamente en función de costumbres antiquísimas tan válidas como cualesquiera otras. Sus concepciones sobre la estructura familiar, el reparto de roles sociales, las creencias religiosas e incluso su adaptación al clima, son suyas por derecho y por adaptación evolutiva de millones de años.

Los guineanos fueron las víctimas de todo el proceso; hablamos de españoles, nacidos en territorio español, inmersos en la cultura española, y que se sienten orgullosos de ello.

Pre-independencia y elecciones democráticas

Se habían celebrado final y aceleradamente unas elecciones en las que resultó vencedor Francisco Macías Nguema, hombre procedente de la parte más profunda de la Guinea Continental  del poblado de Mongomo. Esto no lo esperaba nadie en el gobierno español y, a pesar del desinterés general por Guinea, fue una sorpresa.

El candidato “preferido” de Carrero Blanco era Bonifacio Ondo Edu, que había sido presidente autonómico de Guinea; y el de Fernando María Castiella, ministro de asuntos exteriores, era Atanasio Ndong.

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Bonifacio Ondo Edu adolecía de falta de carisma,  era un hombre moderado y había sido presidente del gobierno autonómico guineano en los últimos cuatro años; por lo cual tenía cierta experiencia. Francisco Macías, en cambio, era un hombre con dominio del poder de comunicación verbal y sobre todo no-verbal, demagogo delirante y con perfecto conocimiento de los puntos débiles de sus oponentes.

En las elecciones guineanas, los candidatos más moderados como Atanasio Ndong y Bonifacio Ondo Edu, obtuvieron una proporción de votos considerable y suficiente como para superar juntos ampliamente a los de Francisco Macías. Hubiera sido perfectamente legítimo asesorar a los guineanos y sugerir unos pactos post-electorales que hubieran cambiado el rumbo de los acontecimientos. A esas alturas, España ya conocía el carisma enfermizo y populista de Macías y estaba claro cuál sería el destino de una Guinea en sus manos.

No se hizo nada debido a las rencillas y rencores internos en el gabinete de Franco a raíz del asunto guineano. Carrero Blanco no quiso saber nada de pactos porque él apoyaba desde el principio a Bonifacio Ondo Edu y consideraba que Atanasio Ndong “era rojo”. Una demostración palpable de que no tenía conocimiento real de la idiosincrasia de los guineanos, porque hablar de rojos, de derechas o de izquierdas en África y en Guinea no es acertado ni justo.

Otras razones fueron contentar a EEUU y la ONU, y lavar la imagen del régimen franquista. No deja de sorprender que un régimen dictatorial organizara unas elecciones tan libres, democráticas y transparentes en su colonia, hasta el extremo de perderlas el candidato favorito del régimen, Don Bonifacio Ondo Edu, presidente del gobierno autónomico de Guinea Ecuatorial de 1964 a 1968.

Estos días se organizó, con motivo de la llegada de un grupo de observadores de la ONU, “el comité de los 24”, una manifestación en Fernando Poo. Había pancartas de todos los poblados conocidos, elevadas con largos palos y acompañadas con eslóganes apenas inteligibles entre el griterío. Era una manifestación de la gente Bubi, la principal etnia de la isla de Bioko, exhortando y exigiendo a los observadores de la ONU que contaran con sus deseos y opiniones. “No querían la independencia”, y mucho menos conjunta con Río Muni.

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D. Manuel Fraga Iribarne, que por aquel entonces era ministro de Información y Turismo, representó a España en los actos de proclamación de la independencia. A fecha de hoy nadie ha explicado aún por qué no asistieron al acto ni el almirante Carrero Blanco, ni el ministro de exteriores, Fernando María Castiella.

"ÁFRICA PIENSA" cree que, 48 años después de la independencia, los propios ecuatoguineanos somos responsables de nuestra situación y no podemos seguir echando la culpa de nuestros problemas y fracasos a nadie.  Dicho esto, también hay que reconocer que España tenía todas las posibilidades y la responsabilidad de hacer y dejar bien aquello y en condiciones. He escuchado testimonios de españoles que salieron de Guinea con lo puesto, perdiendo y dejando en Guinea el fruto del trabajo y esfuerzo de tantos años. Los errores y fracasos históricos se pagan muy caros y tienen efectos a largo plazo. Doscientos años de colonización tienen sus consecuencias, positivas y negativas, y no se borran fácilmente; por eso el actual estado fallido de Guinea Ecuatorial es consecuencia de aquel fatal proceso hacia la independencia y la posterior irresponsabilidad, malicia, ambición y egoísmo desmesurados de los propios ecuatoguineanos. A estas alturas no podemos pedir a España y a Occidente que nos solucionen nuestros problemas. Es responsabilidad nuestra y tendremos que ir asumiéndola, nos guste o no. Lo único que les pediríamos es que no nos compliquen más las cosas y no nos lo pongan más difícil todavía apoyando a nuestros dictadores.

Fuente: JOSÉ EBURI PALÉ, Memoria histórica de una deshonra. Febrero-junio de 1968

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