Natividad del Señor

I. MISA DE MEDIANOCHE

“El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz muy grande” Isaías 9,1

Éstas palabras del profeta Isaías resumen y expresan muy bien lo que pasó en Belén en una noche como ésta hace 2016 años. El nacimiento de Cristo dividió la historia en dos partes: siglos antes de Cristo y siglos después de Cristo.

Jesús nace en la mayor pobreza. Aquella noche todas las casas y posadas de Belén estaban abarrotadas de gente que había venido a censarse. En estas circunstancias, una mujer que está a punto de dar a luz resulta incómoda, no dejaría a la gente descansar después de haber recorrido tantos kilómetros a pie. Por eso José y María no encuentran sitio y se ven obligados a meterse en un pesebre, un lugar donde duermen los animales.

María y José no pudieron ofrecer una hermosa cuna ni una casa bonita a su hijo, pero le ofrecieron lo imprescindible, lo más importante para un hijo: el amor de sus padres. Se ofrecieron ellos mismos y le acogieron con mucha fe, entrega y cariño.

El Niño Jesús nos invita a nacer de nuevo, a recuperar la fe, la confianza, la inocencia, la esperanza; nos invita a volver a ser como niños; nos invita a quedarnos con lo esencial en esta vida: el amor gratuito e incondicional; nos invita a recuperar nuestra fe y esperanza de que podemos ser mejores, nuestros matrimonios y familias pueden ser mejores, nuestro pueblo, país y nuestro mundo pueden ser mejores.

Podríamos preguntarnos: si Jesús vino a salvarnos, ¿por qué sigue habiendo tanta maldad, odio, rencor, sufrimiento, guerras, terrorismo e injusticias en el mundo? Porque somos libres, egoístas, y tenemos afán de poder y dominio a los demás. El gran pecado que sigue destruyendo vidas, matrimonios, familias y pueblos enteros, es el pecado de Adán y Eva, el querer ser como dioses y dominar a los demás.

Jesús no viene a cambiar el mundo como un revolucionario o político; viene a cambiar nuestros corazones y nuestras mentes, si le dejamos, para que nosotros cambiemos el mundo.

Es posible que el Niño Jesús tampoco encuentre sitio esta noche en nuestros corazones, ocupados y llenos de tantas cosas, preocupaciones, sufrimiento, odio, rencor o asuntos importantes. Vamos a dejarle sitio para que nos dé algo de alegría, esperanza y paz.

 II. MISA DEL DÍA

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” Juan 1,14

El evangelista san Juan, en vez de relatarnos cómo fue el nacimiento de Jesús como Mateo, Marcos y Lucas, se remonta a los orígenes para invitarnos a una reflexión más profunda. Parte desde antes de la creación del mundo. Lo hace así porque hay una unión íntima y mistérica entre la Creación y la Redención. Nos dice que la Palabra eterna de Dios empezó a actuar en la creación del mundo, cuando Dios dijo: “haya luz”, y la luz se hizo. Todo se hizo por el poder de esa Palabra que salía de la boca de Dios.

Cuando Dios pensó que había llegado el momento (plenitud de los tiempos), esta misma Palabra suya es la que se hizo Carne en el seno de la Virgen María. Así, la Palabra eterna y divina entró en el espacio y en el tiempo, y asumió un rostro y una identidad humanos en Cristo Jesús, que nació en Belén.

Dios comparte el poder de su Palabra con nosotros; por eso vemos que con nuestra palabra somos capaces de declarar la guerra o la paz, expresar odio o amor, construir o destruir, bendecir o maldecir, reconciliar o crear división, perdonar o condenar, etc.

Así que, cuidemos nuestras palabras y la forma de expresarlas, porque tienen mucho poder para hacer el bien o para hacer el mal.

¡FELIZ NAVIDAD!

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