El CULTO A LOS ANTEPASADOS Y EL MIEDO AL MÁS ALLÁ, claves para entender la psicología, la espiritualidad y el ser del africano

El tema del miedo al más allá es muy complejo. Para entenderlo, primero hay que cambiar de mentalidad y situarse en la cosmovisión del África Negra, donde hay una estrecha relación y una unión íntima entre el hombre, la naturaleza, el bosque, el pueblo, los espíritus, los antepasados, etc. En esta cosmovisión no hay división entre alma y cuerpo, lo material y lo espiritual, lo sagrado y lo profano, la razón y los sentimientos.

Hay una conexión continua entre lo material y lo espiritual. La vida es una continua negociación con los espíritus y los antepasados para calmar su ira y obtener su favor. Lo explica muy bien el P. Rafael Marco, misionero de la Sociedad de Misiones Africanas en Benín, en su libro, El árbol y la liana. Cuentos del África Occidental, Mundo Negro, Madrid 1998, págs. 16-20:

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“Las religiones africanas, como el resto de las religiones, codifican y regulan una manera de situarse ante el universo visible e invisible. Todas tienen una característica común: la oralidad. No poseen un libro sagrado revelado por Dios, como el Judaísmo, el Islam o el Cristianismo. Es la palabra, la evocación de la tradición heredada de los antepasados, la repetición de los mismos ritos, cantos y oraciones, la garantía de fidelidad a lo revelado en un tiempo fundacional. La palabra pronunciada por el presidente de la asamblea, rey o sacerdote, es la que manifiesta el deseo de los dioses, lo mismo que la experiencia cotidiana de bendición o maldición de los espíritus en los acontecimientos vividos al paso de los días.

La palabra recobra en la civilización africana un valor incalculable: es creadora del universo, le da orden, sentido y eficacia. La palabra del rey, sacerdote o mandatario se cumple siempre: las bendiciones no dejan de producir beneficio y prosperidad al que las recibe, y las maldiciones la destrucción e incluso la muerte. Toda la existencia es interpretada bajo estas claves: los tiempos de bonanza, la buena cosecha, la fecundidad… son interpretados como resultado de una bendición recibida; de la misma manera, las adversidades, la enfermedad o la muerte son el resultado de una maldición.

Los discursos, las reuniones del clan presididas por los ancianos al lado del templo de los antepasados, reconstruyen la historia de la tribu y realizan su proyección hacia el futuro. Nadie se atreverá a actuar contra las decisiones tomadas en estas asambleas, porque emanan de la más alta autoridad que es la de los antepasados; separado de éstos, el individuo deja de existir, pues se corta la corriente vital que representan.

Nos podemos preguntar por el futuro de estas tradiciones religiosas en un continente en plena evolución, donde las ciudades se están desarrollando de forma vertiginosa y donde el éxodo rural es muy superior al de Occidente. África se transforma muy de prisa y la agricultura cuenta cada vez menos. Pero el hombre urbano sigue visitando con regularidad su pueblo natal, donde reencuentra sus raíces: participa en los funerales de los difuntos del clan, ofrece los sacrificios, acompaña a sus hijos para que los ancianos les den un nombre o los circunciden… Hoy por hoy, el pueblo sigue siendo el centro cultural en el sentido más amplio de la expresión”.

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A pesar de que muchos africanos somos católicos y creemos en Dios, sin embargo, esta forma de ver y entender la vida está inscrita en lo más profundo de nuestro ser; y a la hora de la verdad, la mayoría, incluso grandes personalidades, acuden al adivino para interpretar o prevenir alguna amenaza o peligro real o imaginario. Con todo respeto a los verdaderos creyentes, tengo dudas de si muchos realmente creemos en Dios o sólo celebramos la misa. Aquí hay que reconocer que los primeros misioneros no supieron entender esta cosmovisión compleja para inculturar la fe católica. Fueron con su mentalidad occidental lógica, platónica y cartesiana y prohibieron todos los ritos ancestrales como diabólicos, cuando todos no eran diabólicos. Por eso muchos africanos viven confusos y divididos entre su fe católica, que libera del miedo, y sus creencias ancestrales, que provocan miedo y temor.

Para un africano, lo primero y más importante de un accidente, una enfermedad o una desgracia no es qué ha pasado y la búsqueda de solución, sino quién ha sido. Se acude al adivino o al hechicero para descubrir si el causante de la desgracia o enfermedad es un enemigo, vivo o muerto, un antepasado o un espíritu. Si es necesario, se ofrecen sacrificios como comida, bebida, una gallina o una cabra, para calmar su ira y obtener su favor. Muchos ofrecen sangre, hasta vidas humanas.

Algunos adivinos o curanderos usan un espejo para ver lo que ha pasado. Allí descubren si has roto una prohibición o la figura de la persona o espíritu que te ha hecho o quiere hacerte daño. Se va al adivino para consultar todo: la muerte repentina de un ser querido, una enfermedad, un fracaso en la vida, la infertilidad del hombre o la mujer, el fracaso de los hijos, el fracaso matrimonial, el resultado de las próximas elecciones, el puesto en el próximo gobierno, el futuro profesional o sentimental, etc.

Vemos con qué facilidad los sacerdotes tradicionales, la Iglesia, los jefes, los adivinos, los curanderos, los ancianos, los políticos y todos los que tienen autoridad, pueden aprovecharse de esta mentalidad y esta forma de entender la vida para meter más miedo a la gente y someterlos con más facilidad. Razón por la cual las dictaduras triunfan fácilmente en África, porque, en vez de respeto, la gente tiene miedo a toda autoridad desde la familia hasta la sociedad, la política y la Iglesia. Ven en todos los jefes la representación de la autoridad de los antepasados.

Creo que la solución a este miedo al más allá no es el desprecio de las religiones tradicionales, ni la prohibición o imposición de otra forma de entender la vida; sino una buena evangelización.  La fe cristiana y el Evangelio de Cristo, bien predicados y vividos, nos ayudan a descubrir un Dios Amor y nos liberan del miedo al más allá. También hay que ayudar a la gente a pensar y reflexionar. Por ejemplo: si todo lo que le pasa a un africano en la vida: enfermedades, fracasos, muertes, problemas, tiene como causa la brujería y el más allá: ¿Qué pasa con los que enferman, mueren y tienen fracasos en Europa y en otras partes del mundo?

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Si todos los que tienen autoridad representan a los antepasados: ¿Qué pasa si uno de ellos abusa de su autoridad, gobierna mal o es un incapacitado para gobernar? Los antepasados no abusaban de su autoridad, velaban por los intereses y el bien de la familia, clan o tribu. No eran egoístas ni se aprovechaban de la gente.

Si todos los presidentes y altos cargos tienen unos poderes especiales: ¿Por qué tienen tanta seguridad, control y espías por todas partes? Uno que es todopoderoso, como Dios, no necesita tanta protección.

Si la brujería es la causa de todos los éxitos y fracasos en esta vida: ¿Qué pasa con los que estudian y trabajan? ¿O los que son irresponsables y no quieren hacer nada por sus vidas? ¿Acaso el africano no tiene derecho a disfrutar el fruto de su trabajo.

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